No todos llegamos a la meta en quinta


¿Nunca habéis sentido que todo el mundo avanza menos tú? Que tus compañeros parecen tenerlo todo clarísimo, les salen bien los proyectos a la primera, aprueban exámenes sin despeinarse… y tú estás ahí, en medio del caos, pensando: “¿Y yo qué estoy haciendo mal?”.

Pues si os soy sincera: eso me pasó a mí sacándome el carnet de conducir. ¿El trauma de mi vida! Mientras veía a amigos y amigas aprobar a la primera, segunda o tercera (dejémoslo ahí), yo iba sintiendo cómo me pesaba el no llegar “a tiempo”. Me agobiaba muchísimo y pese a no estar pasando a nivel personal un momento facil, era muy dura conmigo misma, y cada vez que no me salía bien, me frustraba más. Me preguntaba ¿y si no valgo para conducir?  Pero con el tiempo, y después de varios intentos (y alguna que otra lagrima), entendí algo muy simple, cuando por fin logre mi meta ,pero que se nos olvida demasiado: cada uno tiene su ritmo, y eso no es ningún problema.

Porque si chicos, todo llega y en el momento exacto (bueno,salvo los pedidos de Shein)

En serio, parece una tontería, pero hasta que no lo vives, no lo interiorizas. Empecé a darme cuenta de que si no fallaba, no aprendía. Que de cada intento me llevaba algo: un fallo que ya no volvería a repetir, un truco nuevo para los giros, o simplemente entender cómo gestionar los nervios. El aprendizaje no venía del “éxito”, sino de todo lo que pasó antes de llegar a él.

Y esto, aunque parezca que no tiene nada que ver, encaja totalmente con cómo deberían funcionar nuestras instituciones. Si como estudiantes tenemos miedo a equivocarnos porque todo se valora por lo bien que sale a la primera, ¿cómo vamos a aprender de verdad? Y lo mismo pasa en los centros educativos o en cualquier espacio de gestión: si se penaliza el error, se bloquea la innovación.

Hay autores que lo dicen mucho mejor que yo: Fullan habla de cómo el liderazgo en educación debería centrarse en generar procesos colectivos de aprendizaje donde fallar sea parte del camino, no un motivo de castigo. Y Senge insiste en que una organización que aprende no es la que lo hace todo perfecto, sino la que tiene la capacidad de revisar lo que hace, ajustar, y volver a intentarlo.

Vamos, que innovar no va de poner tablets en clase o cambiar las mesas de sitio, sino de atreverse a probar cosas nuevas aunque no salgan a la primera, y tener un entorno donde eso esté permitido. Donde si algo falla, no se vea como “fracaso”, sino como una oportunidad para pensar: “vale, ¿y ahora qué puedo hacer mejor?”.

Yo con el coche aprendí eso. A mi ritmo. Y sí, al final aprobé. Pero lo importante no fue el carnet, sino todo lo que aprendí sobre mí en el proceso. Que sí, que los errores fastidian Pero también enseñan. Y mucho

Así que la próxima vez que algo no te salga bien… párate un segundo y piensa: ¿qué me está enseñando esto? ¿que estoy haciendo mal y que puedo hacer mejor?...

De verdad, permitiros fallar sin compararos con los tiempos ni procesos de nadie, porque es parte de nuestra imperfecta naturaleza. Y es tan única como cada uno de nosotros                     




Comentarios

Entradas populares de este blog

Aprendizaje cooperativo: Trueque de saberes

Sistema educativo ideal: la anti-escuela de Ivan Illich